
Una noche, mientras repasaba titulares en internet, me encontré con una historia que, en otros tiempos, habría sido escandalosa. Hoy, apenas levanta una ceja. Una escuela pública en el Noroeste de Estados Unidos estaba siendo aplaudida por su política de “compromiso familiar inclusivo”. ¿El ejemplo? Un niño de doce años, nacido varón, comenzó a identificarse como niña. La escuela apoyó el “cambio” implementando políticas que afirmaban esta nueva identidad… y todo a espaldas de los padres. Según los administradores, esto era para “proteger la autonomía y la seguridad emocional del estudiante”.
Pero lo que me estremeció no fue la noticia, sino los comentarios: padres aplaudiendo, cristianos citando “Dios es amor” como justificación, abuelos emocionados diciendo: “¡Cuánto hemos avanzado!”.
Y ahí me di cuenta de algo escalofriante:
Llamamos a la malo bueno y a lo bueno malo. Lamentablemente esto se ha convertido en un modelo.
Lo que antes nos horrorizaba ahora se ha convertido en el nuevo estándar para criar hijos, educar en escuelas y hasta hacer iglesia. Ya no estamos simplemente tolerando la rebelión contra el diseño de Dios: la estamos institucionalizando, normalizando y codificando. Y la presión para aceptarlo, aplaudirlo y celebrarlo incluso dentro de familias cristianas, es asfixiante.
No es solo pecado… es rendición sistémica
Romanos 1 no solo habla del pecado individual. También describe lo que ocurre cuando una sociedad entera suprime la verdad: delirio colectivo, inversión moral y ceguera espiritual.
“Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen.” (Romanos 1:28, RVR1960)
No estamos viendo simplemente una crisis moral. Estamos viendo la mano de juicio de Dios en acción. Los signos están por todas partes: culto al “yo”, odio a la verdad y la pérdida total del pudor. Lo que antes se susurraba en las sombras, hoy se grita con orgullo en las plazas. Y muchos cristianos, tan acostumbrados ya a la confusión, ni siquiera reconocen que lo que están viendo… es juicio.
El costo de rendirse a la cultura
Hoy los padres caminan entre minas. A los niños se les enseña a odiar su masculinidad. A las niñas se les aplaude por rechazar su cuerpo. Las familias están siendo divididas por ideologías fabricadas en torres universitarias y reforzadas por leyes y presión social.
Y cuando un padre cristiano levanta la voz, le dicen que él es el problema. Que es retrógrado, intolerante, “no amoroso”.
Incluso muchas iglesias —que antes eran el bastión de la verdad moral— ahora están más preocupadas por ser “relevantes” que por ser fieles. La relevancia ha reemplazado al arrepentimiento. La comodidad ha desplazado la convicción.
Pero esto no se trata solo de proteger a tus hijos de malas influencias. Se trata de impedir que una cultura que odia a Dios los discipline a su manera.
¿Qué implica criar hijos con fidelidad hoy?
Empieza por recuperar tu autoridad dada por Dios. Tu hogar no es terreno neutral. Es terreno sagrado. No dejes que el mundo eduque mientras tú guardas silencio por miedo.
Tus hijos deben oír de ti —no solo del pastor o de un retiro— la verdad sobre el pecado, la gracia, el juicio y la redención. Si tus hijos pueden citar más frases de TikTok que versículos bíblicos, es hora de darle la vuelta al modelo de discipulado en casa.
Busca una iglesia que alimente a tu familia con todo el consejo de Dios, que llame al pecado por su nombre y que proclame a Cristo con claridad. No todo púlpito merece tu oído. No todo “pastor” es pastor.
Y por último: decide vivir de forma profética, no pasiva. Amor y verdad no son enemigos. La disciplina no es abuso. El coraje no es crueldad. Y el silencio no es paz.
Siempre ha habido batallas, pero esta apunta directamente al alma de la próxima generación. Y muchos padres cristianos no están listos porque creyeron la mentira de que ser “neutro” es lo mismo que ser santo.
No estás criando hijos en tiempos de paz. Los estás criando en la era de Romanos 1. Y ya no se trata de preguntar “¿Qué les enseñará el mundo?”, sino “¿Verán la verdad en ti?”
Dejemos de fingir que esto es solo “otro cambio cultural”. Es guerra espiritual disfrazada de lenguaje inclusivo. Es apostasía con sonrisa y bandera arcoíris.
Así que deja de asentir. Empieza a pararte firme.

