
La noche del 28 de junio de 2025 será recordada como una de esas citas divinas que marcan el alma. Fue una velada llena de emociones, de lágrimas que sanan, de risas que celebran, y de memorias que testifican la fidelidad inquebrantable de Dios. Celebramos el cumpleaños y la transición pastoral de quien ha sido más que un pastor para muchos: Rey Matos.


Adoramos a Dios con Yashira Guidini, vimos un video conmovedor que nos llevó en un recorrido por los años de ministerio de Rey y Mildred, y fuimos testigos del impacto de un llamado que ha restaurado matrimonios, sanado familias y formado generaciones. Varias voces se levantaron para honrar su legado. Hoy, con esta columna, deseo sumar la mía.
Quiero contar brevemente cómo el ministerio y pastorado de quien considero mi pastor transformó mi vida… y la de mi familia.
Fue en mayo del 2004 cuando, quebrado y lleno de heridas, llegué a la iglesia Ministerio Cristianos de las Catacumbas en Mayagüez. Lo primero que me sorprendió fue la cultura de amor y servicio que se respiraba en el ambiente. Y lo segundo, fue un abrazo rompe-costillas que el pastor Rey me dio cuando entré por primera vez. Ese abrazo no solo me dio la bienvenida; comenzó un proceso profundo de restauración en mi corazón.
Desde ese momento, Dios usó su vida como instrumento de sanidad, formación y dirección. Recuerdo tantas conversaciones —en su casa, en su carro rumbo a un evento o una entrevista— que él utilizaba con intención pastoral para discipularme. Nunca fueron charlas casuales; eran momentos impregnados de verdad, gracia y propósito.
En casa de pastor Rey vi cómo el Evangelio se vivía con autenticidad. Vi coherencia. Lo que se predicaba desde el púlpito se encarnaba en la cotidianidad de su hogar. Fue en ese contexto donde nació un anhelo en mi corazón: “Yo quiero vivir así. Yo quiero que mi matrimonio refleje eso. Quiero que mis hijos sean mis primeros discípulos. Quiero que Cristo sea el centro de todo.”
Esos momentos marcaron mi vida. Me enseñaron que ser papá no es solo proveer, sino discipular. Que ser esposo no es solo acompañar, sino amar como Cristo amó a la Iglesia. Y que el liderazgo empieza en la sala de tu casa, no en la tarima de un templo.
Una palabra que él me dijo —y que repito cada vez que presento niños ante la congregación— cambió mi perspectiva para siempre:
“En casa no se predica, en casa se modela.”
Eso fue revolucionario para mí. Esa verdad me sacudió… y me transformó.
En el 2008, Dios usó una oferta de empleo para trasladarme a Florida. Lo que parecía una movida profesional resultó ser el preámbulo de un llamado pastoral. En 2014, el Señor me habló de plantar una iglesia: Iglesia Cristiana Amamos a la Gente. ¿Y a quién llamé primero? A mi pastor.

¿Y qué hizo él? Se montó en un avión junto a Pastor Pachi y llegaron a mi casa. No vinieron como visitantes, sino como columnas. Vinieron a afirmarnos, a orar por nosotros, a sostenernos en fe. Allí comenzó la iglesia que hoy tengo el privilegio de pastorear desde hace once años.
Durante todo este tiempo, Pastor Rey ha estado ahí: como consejero, como mentor, como padre espiritual. Me ha aconsejado con sabiduría, me ha corregido con amor, me ha regañado cuando fue necesario, y me ha sostenido con gracia. Pero sobre todo, él vio en mí lo que muchos no vieron: el llamado de Dios, el potencial de ser pastor.
En mis momentos más oscuros, cuando quise rendirme, cuando el peso del ministerio me abrumó y pensé en soltar los guantes, su voz fue faro. Me recordó una y otra vez:
“La Iglesia no la edificas tú. La edifica el Señor.”
Y esa verdad me mantuvo firme.
Hoy, celebro tu vida, Pastor Rey. Gracias por vivir lo que predicas. Gracias por enseñarme que la integridad vale más que el talento. Gracias por amarnos incondicionalmente, por creer en nosotros cuando no sabíamos ni quiénes éramos, y por abrir tu casa y tu corazón.
Hoy comienzas una nueva temporada y sé que Dios seguirá llevándote a las naciones a restaurar el diseño de las familias. Oro para que en esta etapa post-pastoral, el fruto sea aún más abundante. Porque los que siembran con lágrimas, cosechan con alegría. Y tú has sembrado, día tras día, por 45 años.
Mi familia y yo te honramos. Te amamos. Y le damos gracias a Dios por el abrazo rompe-costillas que nos dio un nuevo comienzo.
Gracias, Pastor Rey. Gracias por tanto.

