
En un artículo para la revista Touchstone, el capellán retirado del Ejército de los Estados Unidos y decano del Seminario Ortodoxo Holy Trinity, Alexander F. C. Webster, habló sobre la desorientación actual dentro de la Iglesia Ortodoxa. Señaló con agudeza cómo muchos ortodoxos influenciados por la izquierda han comenzado a imitar el famoso insulto de Hillary Clinton cuando llamó “una pila de deplorables” a la mitad de los seguidores de su oponente político. Aunque Webster se refería al impacto de la izquierda dentro de la ortodoxia, este mismo patrón se repite en otras denominaciones: la izquierda cristiana ha contribuido significativamente a generar hostilidad hacia los cristianos que creen en la Biblia.
Este es el caballo de Troya de nuestra época: una estrategia que ha funcionado dividiendo a la sociedad —y a la iglesia— en una mentalidad de “nosotros contra ellos”. La izquierda ha manipulado palabras como fundamentalista, conservador, y tradicional para caricaturizar a sus oponentes. Hoy, aquellos cristianos que asisten a la iglesia, creen en la autoridad de la Palabra, y viven su fe con convicción, han pasado de ser considerados la columna moral de la nación a ser vistos como extremistas o incluso equiparados con grupos como la iglesia de Westboro o, peor aún, con el Ku Klux Klan.
En el nuevo orden moral de la izquierda cristiana, quien defiende la vida del no nacido, el matrimonio bíblico, o la seguridad fronteriza, es etiquetado como intolerante, misógino o racista. No importa si esas etiquetas tienen sentido o no: lo importante para ellos es mantener viva la llama del odio hacia quienes no piensan igual. Con su uso exagerado y repetitivo de palabras como racismo y discriminación, han logrado que los medios y la cultura popular descarten el cristianismo bíblico y desprecien a los creyentes fieles.
Esto ha creado una división moral profunda dentro del cuerpo de Cristo. Y surge una pregunta inevitable: ¿la iglesia se ha movido hacia la izquierda o ha sido la izquierda la que se ha infiltrado en la iglesia? Sea cual sea la respuesta, temo que esto es solo el comienzo de una nueva etapa de persecución contra la iglesia fiel en América.

