
Algo huele mal en la Ciudad de México. Según reportes del Wall Street Journal, la presidenta Claudia Sheinbaum se niega a cooperar con la administración de Trump en una acción militar conjunta contra los cárteles de la droga.
Como muchos saben, el presidente Trump firmó una orden ejecutiva designando a los cárteles como organizaciones terroristas. Eso le da a EE.UU. autoridad para perseguir, capturar o eliminar a estos criminales en cualquier parte del mundo. Los cárteles son responsables de cientos de miles de muertes por sobredosis en Estados Unidos. Por eso, esta orden ejecutiva es esencial para proteger a nuestra nación.
Pero, por alguna razón, Sheinbaum no lo ve así. ¿Por qué? Es un misterio. Ella debería querer que los cárteles fueran destruidos… pero obviamente, México no ha podido hacerlo. Según varios grupos de derechos humanos, estas bandas asesinas son responsables de más de 500,000 asesinatos en México desde el 2006. Medio millón de muertos. ¿Y aún así Sheinbaum rechaza la ayuda estadounidense?
Es un hecho que muchos funcionarios del gobierno y del ejército mexicano han sido comprados por los cárteles. Todos lo saben. Por eso, es urgente que la presidenta Sheinbaum explique su absurda postura. Señora, usted tiene la oportunidad de devolverle algo de dignidad y seguridad a su país. ¿Se va a oponer a eso?
La Palabra de Dios es clara respecto a la función de los gobernantes: “Porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo” (Romanos 13:4).
Un gobierno justo no se alía con el mal, lo enfrenta. No protege al violento, lo reprime. No negocia con el crimen, lo desmantela.
La indiferencia o complicidad frente al pecado estructural—como la corrupción o la violencia organizada—es pecado en sí misma. La Biblia condena a los que “justifican al impío por cohecho, y al justo quitan su derecho” (Isaías 5:23).
Como cristianos, no podemos callar ante esta tragedia humana. Más de medio millón de muertos en México y miles de vidas destruidas por el narcotráfico en EE.UU. claman justicia. La justicia verdadera viene de Dios, pero Él usa instrumentos humanos—gobiernos, leyes y autoridades—para detener la maldad.
La iglesia debe orar, sí, pero también alzar la voz. El silencio ante el mal es complicidad. La neutralidad en tiempos de guerra moral es traición a la verdad.

