
“Quien controla el pasado controla el futuro”, dijo George Orwell al describir al Estado totalitario. Orwell, que escribió en medio del ascenso del comunismo, entendió que si puedes reescribir o incluso borrar el pasado, puedes hacer que la gente olvide quién es… y forjar un futuro completamente nuevo. En su libro 1984, Orwell describió el “Ministerio de la Verdad”, cuya tarea era ajustar el pasado para que concordara con el presente. El protagonista, Winston Smith, debía convertir la verdad en mentira y la mentira en verdad. Si el “Gran Hermano” hacía una predicción que no se cumplía, el pasado se reescribía para que pareciera que siempre había tenido la razón. Reescribir la historia es el corazón de toda revolución social y política.
Quizás el mejor ejemplo sea la sangrienta Revolución Cultural en China (1966–1976). Mao Zedong ordenó eliminar toda influencia capitalista y occidental. Las calles se llenaron de Guardias Rojos, se destruyeron monumentos, se quemaron libros occidentales, se rebautizaron ciudades, edificios y calles para reflejar los valores del nuevo régimen. Las iglesias fueron destruidas o convertidas en centros ideológicos. O te alineabas con la nueva “justicia” marxista o eras encarcelado o asesinado.
Gracias a Dios, aún no hemos llegado a ese nivel en Estados Unidos. Pero hay algo que debemos entender: cuando los revolucionarios quieren rehacer una nación, primero demonizan su pasado para justificar su “visión” del futuro.
Si tus hijos vuelven del colegio odiando a Estados Unidos, puede ser por haber leído libros como A People’s History of the United States de Howard Zinn, un marxista declarado que presenta a América como una nación fundada en la tiranía y la codicia. Zinn afirma que la Revolución Americana fue “una obra de genios” porque creó “el sistema de control nacional más eficaz de los tiempos modernos”. Según él, la Declaración de Independencia no fue una declaración revolucionaria de derechos, sino “una herramienta cínica para manipular al pueblo y beneficiar a los ricos”.
Su libro detesta a Estados Unidos desde lo más profundo. No dice nada sobre sus logros científicos, sus inventos que mejoraron la vida humana, ni menciona los horrores del comunismo o sus promesas incumplidas. Zinn juzga a América por sus ideales más altos, pero nunca se atreve a compararla con otras naciones, porque sabe que en esa comparación, América brillaría.
Y aquí está la ironía: Zinn tuvo libertad para publicar un libro que promueve el marxismo… gracias a la misma libertad que el marxismo suprimiría si llegara al poder.
¿Fue América fundada en 1619?
The New York Times Magazine lanzó un proyecto para “reformular” la historia y declarar que el verdadero inicio de Estados Unidos fue en 1619, cuando llegaron los primeros esclavos a Jamestown. Según ellos, la esclavitud es el evento central en el nacimiento de América. Concluyen que la democracia estadounidense fue falsa desde sus inicios. En otras palabras, según esta narrativa, los autores de la Declaración de Independencia —quienes escribieron que “todos los hombres son creados iguales y dotados por su Creador de derechos inalienables”— no creían lo que decían.
Una de las autoras del proyecto, en una entrevista en 1995, dijo que la raza blanca era “la mayor asesina, violadora, saqueadora y ladrona del mundo moderno”. Llamó a los blancos “demonios bárbaros, chupasangres”, y comparó a Cristóbal Colón con Hitler. ¿Esta es una lectura justa de la historia?
Aclaremos: la esclavitud fue una abominación. Ningún ser humano debe poseer a otro. La historia esclavista de América debe ser contada y condenada. Y solo la comunidad afroamericana conoce por experiencia el impacto profundo y persistente de esa historia. La esclavitud no terminó con la firma de la Declaración de Independencia. Pero esa declaración inició un camino que pocos países han recorrido.
Ninguna nación ha trabajado tanto como Estados Unidos para corregir sus errores del pasado. ¿Falta camino? Claro que sí. Pero debemos recorrerlo juntos, no difamando a los Padres Fundadores, sino aprendiendo de ellos, discerniendo lo bueno de lo malo y esforzándonos por hacer las cosas mejor.
La esclavitud es tan antigua como la civilización. Cuando llegaron los esclavos a Jamestown, los españoles y portugueses ya llevaban más de un siglo esclavizando personas. En la actualidad, hay más de 40 millones de esclavosen el mundo, sobre todo en India y África. En 2017, CNN captó subastas de esclavos en Libia. Pero si escuchas a los radicales, parecería que Occidente inventó la esclavitud. Lo que olvidan —o prefieren ignorar— es que fue Occidente quien la abolió. Y fue un cristiano comprometido como William Wilberforce quien luchó incansablemente para acabar con la trata en Inglaterra.
¿The New York Times Magazine va a reescribir la historia de otras naciones según cuándo permitieron la esclavitud? Claro que no. El Proyecto 1619 es un ataque dirigido a Estados Unidos. Pretende pintar a este país como un experimento fallido, capitalista y racista, que debe ser destruido y reconstruido sobre una base marxista que prometa “justicia e igualdad”.
Los autores del proyecto lo saben bien: no lograrían que la gente odie a Estados Unidos si lo comparan con otras naciones. Estados Unidos abolió la esclavitud hace más de 150 años. En cambio, en muchas partes del mundo todavía existe. Y aunque aún no estamos donde queremos estar en temas raciales, los errores del pasado deben reconocerse, pero el camino hacia adelante se llama perdón y reconciliación.
Y repito: no debemos maquillar los pecados de nuestra historia. Pero tampoco podemos permitir que los escándalos del pasado borren las victorias del presente. Hemos avanzado muchísimo, y podemos seguir avanzando. Casi todos los países surgieron de guerras, conquistas o esclavitud. Pero los radicales juzgan a América con una vara imposible y la condenan en su totalidad.
Sí, hay manchas en nuestra historia. Pero también está la Constitución, la Declaración de Derechos, la fe de los Padres Fundadores y los principios judeocristianos que nos dieron libertad. Reconocer las fallas de América no le da a los radicales el derecho a borrar a Dios del espacio público, ni a prohibir que los creyentes vivan su fe libremente.
No perdamos de vista su verdadero objetivo: deslegitimar a los Fundadores y borrar las raíces judeocristianas de esta nación. En otras palabras, destruir la civilización occidental que hoy disfrutamos.

